En nuestro cuerpo se escriben muchas historias. Las cicatrices, las heridas, los moratones, las arrugas, los michelines, las estrías... Cada uno de ellos tiene detrás algo que lo hace especial y determina que ése sea nuestro cuerpo y no el de cualquier otra persona. De hecho, cada una de esas marcas, de esos signos, son los que hacen que el cuerpo encaje perfectamente con la mente y se unan en un solo ser.
Tenemos el cuerpo que ha labrado nuestra historia y es maravilloso poder leer en él el paso del tiempo, las experiencias, la gente que estuvo, la que se fue, las alegrías, las penas...
A mi me encantaría escribirme el cuerpo, como en la foto, y ser capaz de mirarme y saber la belleza que entraña cada una de las palabras, pero la verdad es que tampoco me hace falta porque tengo esos signos, uno a uno, que me llevan hasta esos momentos.
Yo tengo una cicatriz en el talón de aquiles. Atropellé a una bici jugando en el patio. Cuando la veo recuerdo todas esas tardes rogando por que no anocheciera, las llamadas al timbre de casa, los amigos eternos, los juegos en el barro, las escapadas infantiles descubriendo otros mundos que distaban 20 metros del lugar conocido...
En la rodilla tengo muchas marcas: la única vez en mi vida que conduje una moto me caí sobre esa rodilla y me hice una herida impresionante. El golpe terminó de romperme el menisco y tuvieron que operarme, con lo que añadí dos cicatrices más a esa parte. Al mirarla me acuerdo de los partidos, de los entrenamientos, de las compañeras de equipo, de las rivales, de la maravillosa sensación de jugar y sentir que el mundo entero era eso: el campo, el balón y las nueve personas con las que se compartía el espacio. También me acuerdo de las tardes en moto, prohibido de manera absoluta, y de aquellos paseos con aquellos dos chicos de apellido parecido que dieron a la vida un nuevo tono. Las noches en la playa, las fiestas, los primeros besos y magreos...
Mi ajustador matriciero también dice mucho: mi mariposa, que más que una marca es yo misma, mis sueños, la alegría y el agotamiento. Y la cicatriz de la operación que me hizo sentir que la vida es bella, y que necesitamos poder compartirla con los seres a los que amamos. Y que es corta, o larga, pero tiene que ser intensa y feliz.
Mi pecho... ainssss... Ahí están años de complejos, de sufrimientos, de belleza, se sentirme horrible, de sentirme deseada, de querer ser otra, de haber deseado ser hombre para no tener que sufrir eso; el piropo de los albañiles y las quemaduras en el hombro; el miedo a ser diferente y la constancia de que el esquema corporal creado en la adolescencia nos marca toda la vida...
La mano... ainssss... ese cuchillo que agujereó sin romper y las horas de rehabilitación, la maravillosa gente con la que compartí esos ratos infinitos, la guitarra y tomar la decisión de que la vida es algo más que la música; que, a veces, hay que dejar de hacer lo que se deseaba en pro de la vida, que es mucho y grande...
Y mi mapa celeste...
Miles de cosas que están escritas, dibujadas en el cuerpo que miro y me sorprende.
Hoy entiendo las marcas en la piel como mi historia.