Las casas abandonadas siempre me han despertado un extraño sentimiento mezcla de tristeza y miedo. El hecho de que existan quiere decir que alguna vez alguien las habitó, les dió vida... Alguien subió y bajó las escaleras, durmió en sus habitaciones, preparó guisos en la cocina... Alguien soñó en alguna estancia, lloró en alguno de sus rincones, celebró alegrías...
El hecho de que una casa exista quiere decir que alguien, alguna vez, puso en ella todas sus ilusiones y luchó por conseguilas.
Pero cuando están deshabitadas significa, inevitablemente, que todo ha cambiado; que nadie camina por ella, que nadie se esconde para el primer cigarrillo, que nadie piensa en cambiar las cosas de sitio... Quiere decir que lo que un día fue precioso para quien lo habitaba ahora es desierto a los ojos de cualquiera, pero especialmente para quien sintió esas emociones cuando la moraba.
Esa es la parte de la tristeza.
En las casas deshabitadas, en las abandonadas a la suerte del tiempo, habitan los fantasmas más terribles, los animales que roen la madera de las vigas, el viento que castiga a su antojo los restos de aquello que una vez fue...
Las casas abandonadas dan miedo porque contienen pasado, pero no futuro; contienen recuerdos abandonados, pero no ilusiones... Y dejan entrever que el tiempo es capaz de moler hasta el mármol más robusto.
Las casas deshabitadas son terribles, pero sólo en la mente de quien las ve de esa manera.