miércoles, 21 de marzo de 2012

¿Qué hubiera pasado?... Lluvia en los zapatos



Fue en octubre. Me gusta Madrid en esa época del año, porque aún no hace demasiado frío pero tampoco el calor que entra en la piel sin ganas de marchar. Mi hermana me había pedido que le diera un recado a su suegra, que tiene un negocio en Vallecas y ¡anda que no es grande! Anduve durante horas y horas hasta que dí con ella. Lo bueno que tiene ir sin prisas es que te puedes pasar horas a la deriva disfrutando de cada sitio, de cada paso...

Al final, después de haber alcanzado y realizado el objetivo, quise comer. En la cafetería me dijeron que había un restaurante en el que aún se podía fumar mientras se comía y, la verdad, no me lo pensé dos veces.

El sitio estaba cerca y llevo tiempo deseando no tener que levantarme de la mesa para tomar el café fumando un cigarrito.

Lo encontré y me senté en una mesa. Ensalada especial y un filete a la plancha. Rico. En la mesa de al lado dos hombres y dos mujeres comían mientras charlaban alegremente. Parecían compañeros de trabajo de esos a los que el vínculo emocional ha ligado más allá de los contratos laborales. Me gustó verlos. Es bonito sentarse junto a gente que disfruta.

Uno de ellos me llamó especialmente la atención. Cara de buena persona y la mirada de niño pillo, de esas que a una le hacen gracia sólo por estar camufladas tras unas gafas que admiten todo... 

Y... ¡¡¡anda!!! Que me había quedado sin tabaco. ¡Hay que joderse! Me voy hasta un sitio donde puedo fumar con el café y resulta que no llevo tabaco. Ya me vale. ¿Qué hago?... Pues pido. La verdad es que me da algo de vergüenza, pero, chica, es que sino, vas a tener que salir del bar de todas maneras. Pues... a estos de al lado. Parecen majos.

Perdón... es que me he dado cuenta de que no he traido tabaco y no quisiera salir de aquí sin haberme fumado un cigarrín con el café. ¿Podrías darme uno, por favor? 

Él sacó uno de su cajetilla. Extralargo. Me hizo sonreir... ¿sería todo igual?... Muchas gracias, de verdad. Luego salgo a comprar y lo devuelvo. "No hace falta, mujer". Gracias doblemente, entonces.

El cigarrillo me supo a gloria con el café calentito, a mi gusto, corto de café y largo de leche (manchado para los madrileños; gloria para mi). Él no supo lo mucho que agradecí su generosidad. En las pequeñas cosas de la vida residen los grandes placeres, sin duda.

Cuando acabé me acerqué a la camarera y le pedí que me cobrara lo mío y los cafés de la mesa de al lado. Me despedí de la gente que estaba en ella y sonreí. Muchas gracias, de nuevo.

Salí buscando el estanco, pero, chica, parece que los esconden. Después de un queteharás llegué y entré. El chico extralargo estaba allí, comprando. Sonrisa recíproca. "No tenías por qué haber pagado los cafés" Ni tú por qué haberme dado el cigarro.

Hablamos de Vallecas, de la suerte de encontrar un sitio donde fumar; de la bondad o maldad innata... y fuimos a tomar un café...

Hace ya cuatro meses de aquello. Nos unió un vicio y un don. A veces nos sentamos en la mesa de la cocina y pensamos en qué hubiera pasado si no fumáramos, si tú no fueras generoso y yo no fuera tan despistada.

... desde siempre.

4 comentarios:

  1. que viviriamos otra vida, distinta, pero mira niña que suerte vivir esta -digo yo eh-

    feliz dia fumadora

    que te quiero

    maria

    ResponderEliminar
  2. Me has recordado una frase de una amiga... "Qué suerte que a mi me tocara ser yo" y (añado): qué suerte que a mi me tocara mi vida.

    Te quiero.

    ResponderEliminar
  3. Para que luego digan que el tabaco es malo, que lo es, pero bendito cigarrito.

    Un besote.

    ResponderEliminar
  4. Ya ves... haces amigos... y muchas cosas más :-)

    ResponderEliminar