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jueves, 16 de febrero de 2012

La música




La música son palabras susurradas al alma.

Yo tengo un vínculo especial (como todo el mundo, claro) con determinadas melodías o canciones. Recuerdo que antes de empezar musicología pasaba horas y horas escuchando y disfrutando de muchos tipos de música. Me gustaba poner algo al azar y descubrirlo, irlo sintiendo en el corazón, en el estómago, en la cabeza, en las manos... Cada música llega a un lugar diferente. Cada secuencia hacía vibrar partes distintas del cuerpo.(Después de años estudiando parece ser que tiene que ver con la caja de resonancia y las vibraciones específicas de cada nota, pero yo sigo creyendo que es algo que trasciende lo físico).

Lo mismo me pasaba al tocar: cada obra era un mundo, un universo al que me enfrentaba con temor al principio (¡toda una partitura para mi!) e iba entendiendo la obra a medida que la estudiaba en detalle, pero tenía sentido pleno cuando ya dominaba la técnica, cuando ya las manos sabían de memoria el lugar que las correspondería en cada compás. Y entonces ya sólo quedaba entregar el alma.

Con el estudio de interpretación de obras aprendí mucho de mi vida. Descubrí, por ejemplo, que prefería andar el camino que estar ya en la meta: que me gustan los retos; que disfruto el proceso de descubrimiento y manera de hacerlo casi tanto (o más) que el resultado final; que cuando algo parece complejo hay que atacarlo nota a nota y no viéndolo como un todo insuperable... pero para eso, claro, es necesario desear la obra. (El deseo es fundamental en música. Y en la vida. Es capaz de hacernos ver lo invisible y escuchar lo silente; hace entender lo aparentemente incomprensible y, sobre todo, nos permite disfrutar de los pasos).

También aprendí a amar el cuerpo que tocaba. Recuerdo que cuidaba mi instrumento como si fuera mi propia vida. Viajaba con él aunque supusiera no tener casi espacio en el asiento, pero siempre iría mejor a mi lado que en un lugar frío al que probablemente llegaría después de un inocente maltrato. Cuando lo tocaba en realidad acariciaba cada una de sus partes, disfrutaba de su textura, de mover mis dedos por los trastes, de sentir las cuerdas bajo las yemas haciendo callo, haciendo vida...

En el estuche puse una pegatina que me enamoró: en ella se veía el dibujo de un divertido chico pelirrojo diciendo "Yo hago música, y ¿tú?". Aquello me llegó al alma, porque no siempre la hacemos. A veces sólo ejecutamos nota tras nota, de manera certera y exacta, pero sin alma.

Pero es que la música es sólo eso: alma. Cuando interpretamos una obra ponemos en ella algo de nosotros, de ese proceso que hemos vivido hasta llegar a formar parte de ella como ella de nosotros; ponemos lo que vivimos y lo que sentimos; lo que deseamos, lo que soñamos...

La vida es igual: podemos ejecutarla o vivirla. Podemos disfrutarla o sufrir por llegar al final gloriosamente.

Yo, sinceramente, me quedo con el camino, con las risas, con las dificultades, con las lesiones, con la alegría de cada frase bien tocada...

Al fin y al cabo... la vida se diferencia de la música en que (en principio) sólo tenemos una y merece la pena disfrutarla.

Yo ahora tengo mi propia melodía en estudio: cada día le dedico muchos ratos, muchos pensamientos, muchas emociones, mucha alma... Cuido y venero su cuerpo; intento atender a cada uno de los detalles de la obra; disfruto del camino aunque a veces toque sufrir porque, sencillamente, eso también forma parte de la música; vivo emociones... A veces miro la partitura y siento el infinito ante mi; otras, me conmueve lo más profundo de mi ser; algunas, me quedo horas y horas en un detalle que considero impresindible para interpretar correctamente. Y otras es ella la que me pide que haga algo. Las obras son así: con vida propia.

Y, al final,  siempre nos hacemos música.

...desde siempre.

martes, 20 de diciembre de 2011

Nostalgia



Echar de menos forma parte de la vida, porque echar de menos significa que hemos vivido algo precioso. Tanto que en un momento determinado preferimos pensar que fue perfecto. Pero no es así. Nunca es así. Las cosas terminan exactamente en el momento en que tienen que hacerlo. Nos alejamos de las cosas porque debemos hacerlo, porque alguna fuerza, algún motivo, nos encamina a ello más allá de lo que, en la distancia temporal, podamos recordar.

Es bonito pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero es mentira. No hay nada más bello que el ahora; nada que pueda estremecernos más que el viento, el aire, que corre hoy, que arrasa el cuerpo en este momento... Nada mejor que los rayos de sol de diciembre para decirnos que seguimos vivos y que hemos llegado a este punto por expreso deseo personal.

Echar de menos es revivir desde una perspectiva equivocada. Vemos lo que fue con los ojos de ahora, no con los de ese momento, y tendemos a agigantar los detalles preciosos, pero no nos acordamos de que hubo acontecimientos determinados que llevaron a alejarnos de ello.

A mi me sucede con muchas cosas: trabajos, amigos, amores... Pasado que es pasado. Vida que es vida. Momentos que ya no son lo que fueron, al igual que yo tampoco soy la de entonces.

Me acuerdo de una canción de Aute: "Miro el instante que ha fijado la fotografía; ríes con la timidez de quien le avergüenza en la risa. Quince años que sujeto entre mis brazos al compás del último disco robado. Nada queda en ese trozo de papel, todo es alquimia. Veo que es la prueba más veraz de que todo es mentira. Esos rostros ya no llevan nuestros nombres: son dos máscaras perdidas en la noche..."

Pero siempre... queda la música.