viernes, 31 de agosto de 2018

Recalculando



La sumisión es una forma de ser.

Probablemente no exista la opción de rechazarla, porque somos lo que somos (quienes lo somos, claro) y negarlo nos convertiría en los Michael Jackon de la D/s: aparentemente blancos, pero negros en rasgos, en genética, en movimientos...

Una vez que asumimos la condición sólo nos queda reajustar los términos en cada relación que establecemos. Esta me parece una parte tremendamente difícil porque cada vez que comenzamos algo somos nuevos, a pesar de la experiencia que llevemos a las espaldas, Y tenemos que empezar de cero con heridas y alegrías antiguas, con recuerdos de preciosas marcas y dolores intensos.

A veces, y no sé si es posible en general, pero así lo he vivido yo en particular, sentimos que pertenecemos a alguien, pero esa relación de propiedad en realidad no existe. No se ha dado en absoluto. No ha habido un Amo asumiendo esa propiedad, pero esta cabeza loca que llevo sobre los hombros hace que me entregue como si sí hubiera sido. Porque además de puta a veces también soy loca y pinto las cosas del color del que me apetece verlas.

Ya ves...

Y como en todas las cosas, hay que abrir los ojos e intentar pisar el suelo. ¡Qué suerte que alguien acepte tu devoción como bonita! ¡Qué suerte que alguien te cuide y te aliente! ¡Qué suerte poder sentir con tanta intensidad! ¡Qué suerte encontrar a gente así por el camino!

... aunque no seas suya.

Me parece tremendamente generoso.

Pero hoy mi cabeza me ha parado por el camino y me ha hecho sentarme.

Agradezco cada minuto que me ha regalado; cada abrazo, cada sonrisa, cada palabra de aliento, cada mirada cómplice, cada acción aceptada, cada risa, cada todo que ha sido mucho.

Eso es inéquivocamente un *gracias* infinito.

Pero aquí me quedo. Por fin, acepto mi sitio sin maquillaje ni disfraces y me pongo en él con calma.

Ya iba tocando recalcular la ruta.

domingo, 15 de julio de 2018

Libertad



Hay dos palabras que definen las relaciones que mantenemos: confianza y libertad. De la primera hablaré más adelante. Con la segunda no quiero caer en el tópico de decir que reside en poder entregar (y hacerlo) la que se tiene (que es, básicamente,  la de hacer lo que se quiere, cuando se quiere y como se quiere... si es que eso existe) al Amo. No quiero porque creo que eso no es exactamente lo que me ocurre a mi.

La sumisión, cuando consigo dar con la llave única, o con la cerradura exclusiva (no sé qué es exactamente cada uno) me permite liberar esas partes de mi que siempre están contenidas; deja que salgan mis miedos para transformarlos en algo valioso; acepta los pasos que no puedo dar, los vértigos inmovilizadores, para hacer con ellos algo que merece la pena.

Me cuesta tomar decisiones. Soy un poco como el Dioni, que no sé decir que no, así que es liberador para mi no tener que hacerlo. El Dominante que abre esa puerta me libera de la necesidad de hacerlo, pero, a la vez, me da las armas para poder llegar a decidir, si fuera necesario.

Mi Amo, ese Amo, me agarra del cuello y aprieta; hace que me falte el aire, que todo se vaya diluyendo hasta que los incesantes pensamientos de mi cabeza dejan paso a un azul verdoso con motas en suspensión. Y ahí encuentro una libertad. Ahí acaban las preocupaciones, las dudas, las indecisiones... Ahí está la serenidad, la calma. En ese aire que Él quita y Él regala. 


En Él residen la paz y la tormenta.