miércoles, 26 de octubre de 2011

La samurai


Una vez, en clase de aikido, un compañero le preguntó al maestro:
- ¿Qué pasaría si dos samuráis se enfrentaran en contienda?-

Y el maestro contestó:

- Se morirían en la espera -

No veáis cuántas cosas he pensado desde entonces. Hoy me he sentido una samurai en plena espera, atenta a todos los sonidos, alerta a todas las señales... Poco a poco, en las cosas vitales he ido desarrollando paciencia, una gran virtud, sin duda. Y a ello han contribuído muchas cosas, pero especialmente la sumisión.

No siempre las cosas son cuando una las desea, porque no dependen de mi voluntad, sino de la de quien Domina. Es muy importante entender eso y saber que cada cosa tiene su tiempo.

Es muy importante disfrutar de la espera, ser consciente de cada detalle, atesorar los movimientos, los sonidos... y estar siempre dispuesta a la lucha, pero que otros den el primer paso, porque yo sólo soy un canal de su fuerza y cuanto más intenso sea su ataque, más posibilidades de éxito tiene mi respuesta.

Y es fundamental saber que una está en espera, pero en el tipo que implica acción, aunque inmóvil.

La espera, siempre, ha de ser activa, al igual que la escucha.

Saludos de miércoles de samurai.

lunes, 24 de octubre de 2011

Lunes prometedor

Hay días que una se despierta con la firme convicción de que todas las cosas de este mundo irán bien. Y resulta complicado que venga algo y lo estropee, ¿no creen?

Pues eso me ha paado hoy. Este precioso lunes que promete una semana halloweeniana, llena de nervios y miedos aflorando a la pequeña superficie, ha empezado con un coche que se niega a arrancar, con la necesidad de faltar al trabajo por ese mismo coche terco y con la convicción de que el día, a pesar de todo, iría de maravilla.

Después de dejar el coche en el taller he tenido que andar, bajo una pequeña lluvia, hasta la parada de autobús más cercana que (gracias a lo que sea) no estaba demasiado lejos. He cogido un autobús del que sólo conocía el origen y el destino (¡que no es poco!) y eso me ha dado la oportunidad de conocer un camino que nunca antes había visto.

Al llegar a lo que me ha parecido el lugar más adecuado, me he bajado, con la esperanza de encontrar un taxi en el sitio en el que antes tenían parada, pero las obras de la ciudad lo han desplazado (o comido, porque no he encontrado la alternativa por vueltas que di), así que me he ido andando hasta la parada de autobús que (¡con suerte!) me llevaría a casa.

A partir de ahí todo ha empezado a ir mejor (no es que antes fuera mal, no se equivoquen, es sólo que no era lo planeado).

Hacía mucho que no iba por esa calle, la de mi adolescencia, la de los paseos al insituto, la de los piropos de los obreros, la de las clases omitidas, la de los cafés de novios, la de las primeras manos bajo la camisa...

Hoy estaba diferente. Han comenzado a construir donde fuera el lugar de refugio; han cambiado la tienda de golosinas por un todo a 100; la cafetería es ahora menos cutre y más lejana... Y yo, la que miraba desde el autobús, sorprendida de que todo eso haya pasado sin haberme dado cuenta.

El camino de regreso.. ese que recorrí mil veces pensando en música, y en chicos, y en exámanes... Ese paisaje maravilloso sigue invariable. Hoy, día gris en mi pequeña tierra, han vuelto recuerdos de quién fui y de personas que quise.

Hoy, día de lluvia y de pequeños motivos para la desazón, sin embargo, me ha encantado descubrir que hay cosas que nunca cambian en nuestro interior.

Besos de lunes prometedor.

domingo, 23 de octubre de 2011

El miedo es tan gande como la nada a la que te reduce

Lord Wunjo siempre decía: "El que tiene miedo, no vive; el que no lo tiene, está muerto. Hay que aprender a controlar el miedo". Y tenía razón, como en la mayoría de las cosas.

Sin embargo, el miedo es, para mi, un sentimiento tremendamente nocivo. No permite avanzar. No permite florecer. No permite que cada uno sea quien es de manera libre y absoluta.

El miedo paraliza y deja en la piel una horrible sensación de no poder ser. Nos saca lo peor de todo, nos hace consicientes de que somos mortales, de que todo pasará, por bello u horrible que sea, y seremos nada. Esa misma nada a la que nos reduce, precisamente, sentirlo.

A veces tenemos miedo de mostrarnos como somos. Intuimos un rechazo que nos dejará, temporalmente, "fuera de servicio". Pero es que las cosas son como son, y las personas, con más razón.

Debemos partir de quienes somos, de ese conocimiento (a veces doloroso) de la esencia que nos compone y, desde ahí, sin miedo, crecer.

Para ello hay que despojarse del miedo al descubrimiento y tomar conciencia de que debemos querernos y respetarnos de la manera en la que somos. Cuando encontramos algo que no nos gusta, pues a cambiarlo, como se pueda, poco a poco, entendiendo que llegaremos y que el camino puede no ser un lecho de rosas, pero tampoco tiene por qué ser desagradable.

Crecer siempre es bonito. Se parece a estudiar una obra musical: nota a nota, viendo cómo cobran sentido las frases musicales hasta formar algo más grande que acaba convirtiéndose en la obra completa. Ser capaz de hacer música es algo indescriptiblemente bello, pero caminar hacia ello es toadvía mejor.

Para poder conseguirlo es necesario perder el miedo y saber (con la certeza del corazón) que se llegará. El miedo, definitivamente, deja la magia en manos de alguien que no somos nosotros.

Un saludo dominguero.

sábado, 22 de octubre de 2011

Pechos Fugaces

Hoy hablaba con una Dómina sobre el cuerpo. Yo le comenté que nunca me han hecho un bodage de pechos porque ellos van por libre... se escapan de las cuerdas, a pesar de que yo deseo que no lo hagan. Ella me ha dicho que igual mis tetucas son Dominantes. Puede ser.

Y me pregunto si puede ser que una parte de nosotros sea una cosa y otra, otra. ¿Qué pasaría si la mente fuera sumisa y el cuerpo Dominante? ¿Qué posibilidades de éxito, de felicidad, cabrían en ello?

Y ¿qué pasaría si una parte del cuerpo no permitiera que le hicieran lo que la mente quiere que le hagan?...

Entonces, como por arte de magia, surge la respuesta... ¡¡¡pero si todo es eso!!!

Besos de noche de sábado y pensamientos post viernes por la noche.

jueves, 20 de octubre de 2011

Me gusta...


Me gusta sentirme deseada. Me gusta que los brazos que me rodeen deseen hacerlo. Me gusta que me besen y me arranquen la vida a través de cada pedazo de carne que me configura... Me gusta saber que quien lo hace siente la misma excitación que yo. Me gusta que me cuiden. Me gusta que me follen apasionadamente. Me gusta que el placer exista. Me gusta sentir cómo puedo darlo, cómo puede serme dado y cómo ambos conjugan perfectamente. Me gusta ronronear. Me gusta decir que algo me duele  (aunque no me gusta que me duela). Me gusta morir en pequeño y ver cómo otros lo hacen. Me gusta besar. Me gusta que me besen. Me gusta mirar y sonreir con los ojos a quien está al otro lado. Me gusta que me pregunten qué tal estoy. Me gusta saber que el otro está bien. Me gusta que me susurren al oído. Me gusta escuchar "puta" cuando eso es lo que siento. Me gusta que se recorran distancias sólo por hacerme suya. Me gusta recorrerlas para serlo. Me gusta decidir ser cama. Me gusta ser capaz de decidir no serlo. Me gusta que me llamen a altas horas de la madrugada sólo para decirme "¿Estás despierta?". Me gusta ser el último pensamiento antes del sueño. Me gusta ser el primero, acompañando a la rigidez matutina. Me gusta que me posean a esa hora. Me gusta ser poseída a cualquier hora. Me gusta ser yo. Me gusta que los demás sean ellos. Me gusta querer a la gente por lo que es, sin expectativas ni deseos de cambio. Me gusta disfrutar de cada sensación, por terrible que sea.

Me gusta vivir. Me gusta mi vida.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Mi calientacamas



A pesar de considerarme un poco puta y todas esas cosas (aunque no ejerzo desde hace muuuuuuuucho tiempo), esta entrada no tiene (a priori) la intención de reclamar a alguien que venga y ejerza de calientacamas. No.

Hablo del maravilloso electrodoméstico que me regalaron mis padres hace tiempo. Uno parecido a la manta eléctrica, pero con menos posibilidades de quemar la casa en caso de despiste (los progenitores suelen conocernos bastante bien, ¿no creen?)

Suelo tenerlo siempre colocado, pero en verano tiendo a no encenderlo. Por alguna razón de la que me acuerdo pero que no voy a explicarles, lo guardé en uno de mis maravillos armarios mágicos (tema para varias entradas) hace tiempo. Pero ayer lo necesité.

Tenía la sensación de haberme congelado. No sólo los pies, sino por entero. El cuerpo necesitaba calor inmediato y, claro, volví a colocar a mi querido Calienta en su lugar. Pero no hubo suerte. Los pies cogieron temperatura y la espalda dejó de dolerme. Pero no fue suficiente. Ese frío resultó surgir de dentro, una especie de temperatura centrípeta que atraía hacia el centro vital todos los intentos de templar y los engullía en cada intento.

El frío del alma siempre es el peor de los horrores.

martes, 18 de octubre de 2011

Caminante sin esperanza




Hay una música para cada día, al igual que un momento literario. Todas las mañanas, cuando me despierto, tarareo una canción que me acompaña durante toda la jornada y casi siempre tiene que ver con mi estado de ánimo. Otras veces, me asalta algo que leí o escuché y no me deja descansar hasta que ha visto la luz.

Llevo dos días con este "cuento". Es de Rabindranath Tagore, en El Jardinero. La historia nº8.

La lámpara se extinguió junto a mi cama, y al amanecer me desperté con los pájaros. Me senté ante la ventana abierta y adorné mis cabellos sueltos con una guirnalda de flores. Por entre la neblina rosada del alba vi al joven viajero que avanzaba por el camino. Traía al cuello un collar de perlas y los rayos del sol resplandecían en su corona. Se detuvo ante mi puerta y me preguntó, ávido:

- ¿Dónde está ella? -

Avergonzada, no acerté a decirle:

- Ella soy yo, joven caminante. Ella soy yo -

Caía la tarde y la lámpara no se había encendido. Distraídamente, yo trenzaba mis cabellos. El joven viajero llegó en su carroza, envuelto en el esplendor del sol poniente. Sus caballos despedían espuma y sus vestidos estaban cubiertos de polvo. Descendió ante mi puerta y me preguntó con voz cansada:

- ¿Dónde está ella? -

Avergonzada, no acerté a decirle:

- Ella soy yo, caminante cansado. Ella soy yo -.

En la noche de abril arde la lámpara en mi estancia. Sopla dulcemente la brisa del sur. El escandaloso loro duerme en su jaula. Mi vestido tiene el color del cuello de un pavo real y mi manto es verde como la hierba nueva. Estoy sentada en el suelo, cerca de la ventana, contemplando la calle desierta. A través de la noche oscura murmuro sin cesar:

 - Ella soy yo, caminante sin esperanza... Ella soy yo -

lunes, 17 de octubre de 2011

Descubir la condición

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El corazón al que se vuelve...

El problema de los viajes es que una ha de regresar. Y no me refiero sólo al hecho físico. Lo peor de todo es que se tiene que dejar esa vida temporal para regresar a la cotidiana y seguir viviendo, intentando asimilar todas las cosas que ha añadido en la cesta durante esos días.

Normalmente estamos preparados para ello y no cuesta demasiado hacerlo. Pero hay veces que nos queda una tremenda sensación de desasosiego, de falta de paz, de termintas comiendo en la boca del estómago y recorriendo los pies sin descanso.

En mi caso, tiene más que ver con el desamparo que con las sensaciones vividas. Y en esto, ahora, me acuerdo de lo que comentaba el otro día un hombre maravilloso durante una preciosa comida: cuando uno se va, cuando uno se aleja demasiado, el problema es el corazón al que se vuelve. Siempre hay que acompañar a la persona a la que se ha llevado de viaje, precisamente porque la vuelta puede resultar dura, porque no podemos dejar las cosas a medias, porque es importante que quien nos hizo volar sepa hacernos pisar tierra y dejarnos en reposo.


Pero esto no siempre ocurre. Y, en esos casos, es importante saber que no deseamos volver a pasar por ello, por maravilloso que haya sido.

En las relaciones no enmarcadas dentro del BDSM se puede considerar que es marcharse justo antes de echar un polvo y dejar un teléfono falso. En las BDSMeras, sin embargo, no tiene tanto que ver con el sexo en sí como con la sensación de entrega de la parte sumisa. Te das, te abandonas, dejas que algo de ti deje de ser tuyo para ser de otra persona en la que confías, por la que sientes, por la que suceden cosas que ni imaginabas antes... Y luego te encuentras sola, sin rumbo, perdida por todo aquello que no sabes dónde fué...

Hoy yo me siento así: sin rumbo y sin consciencia. Abandonada a la intemperie por quien asió la fusta, por quien yo sabía que no quería asumir la vuelta, pero, sobre todo, me siento traicionada por mi inteligencia.

Mañana será otro día y hoy tengo todas las posibilidades del mundo de mejorar el que vivo.

Aquel verano que no recuerdo

Hace tiempo, una de mis compañeras de trabajo empleó esta frase para hablarme del verano en el que la detectaron la epilepsia. Ella dice que no recuerda nada de todo aquel tiempo. Me pareció hermoso y terrible, porque había perdido el momento en que las cosas cambiaron el rumbo. Muchas vinieron determinadas por todo aquello que ella había vivido pero olvidado, por lo menos en ese rincón de la memoria que tendemos a dar por todo.

A mi hubo un verano que me sucedió algo parecido. Fue el año que descubrí mi condición de sumisa. Al igual que a mi compañera, hubo muchas cosas que hicieron virar el rumbo del barco en el que viajaba, pero sólo soy capaz de recordar algunas.

Ahora no quiero que vuelva a sucederme. Me gusta la sensación de estar viva y saberlo. Me gusta recordar momentos mágicos y terribles y asegurarme de que no se volarán con la prisa.

Hoy empiezo este blog.

Hoy, que estoy a la deriva.