En una de las entradas anteriores les hablaba de mis armarios mágicos. Supongo que ustedes también tienen alguno, como todo el mundo, al igual que una habitación de gritar o cosas de esas que nos demuestran que, a pesar de haber muchas razas humanas, en realidad tenemos esencias comunes.
Mis armarios mágicos comen. Se alimentan de ropa y utensilios variados. No conocen el pudor ni la propiedad privada. No entienden de prisas ni de lamentos. Poco a poco vas depositando en ellos aquellas cosas que aparentemente tienen poca importancia y las dejas olvidadas en los rincones. Nunca sabes con certeza qué habrá hecho con ellas el armario, pero estás segura de que las habrá encontrado el lugar que les corresponde.
En mis armarios mágicos aparecen, como si fuera lo más normal del mundo, recuerdos antiguos justo cuando era necesario encontrarlos, cuando la memoria empezaba a flaquear y se perdían aquellas recuerdos en la laguna del presente. Hoy ha surgido una barra de madera. La verdad es que no me acuerdo muy bien de su función, ni siquiera después de haberle dado varias vueltas al tema, pero el caso es que me ha llamado por mi nombre y me ha dicho Eh, shere, ¿no te acuerdas de mi? Fui la ilusión de un momento, la constancia de que alguien creó algo para ti, la necesidad de otro de poseerte, de atarte a su vida, de separar tus piernas... Ahhhh, claroooooo... Ya me acuerdo.
Fue un regalo. Nunca llegamos a usarlo, creo. Pero me gusta saber que existe y no quiero que desaparezca. El pasado es maravilloso cuando se sabe digerir y se decide aprender de los errores que se cometieron; cuando se pone una manos a la obra y disfruta de las sonrisas que había detrás de cada acto o deseo...
Mi armario mágico, como siempre, me ha dado lo que necesitaba para no caer en el horror del rencor. Y se lo agradezco.
Me pregunto qué me desvelará mañana.
Saludos de martes agotador, pensante y preocupado.
