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domingo, 23 de octubre de 2011

El miedo es tan gande como la nada a la que te reduce

Lord Wunjo siempre decía: "El que tiene miedo, no vive; el que no lo tiene, está muerto. Hay que aprender a controlar el miedo". Y tenía razón, como en la mayoría de las cosas.

Sin embargo, el miedo es, para mi, un sentimiento tremendamente nocivo. No permite avanzar. No permite florecer. No permite que cada uno sea quien es de manera libre y absoluta.

El miedo paraliza y deja en la piel una horrible sensación de no poder ser. Nos saca lo peor de todo, nos hace consicientes de que somos mortales, de que todo pasará, por bello u horrible que sea, y seremos nada. Esa misma nada a la que nos reduce, precisamente, sentirlo.

A veces tenemos miedo de mostrarnos como somos. Intuimos un rechazo que nos dejará, temporalmente, "fuera de servicio". Pero es que las cosas son como son, y las personas, con más razón.

Debemos partir de quienes somos, de ese conocimiento (a veces doloroso) de la esencia que nos compone y, desde ahí, sin miedo, crecer.

Para ello hay que despojarse del miedo al descubrimiento y tomar conciencia de que debemos querernos y respetarnos de la manera en la que somos. Cuando encontramos algo que no nos gusta, pues a cambiarlo, como se pueda, poco a poco, entendiendo que llegaremos y que el camino puede no ser un lecho de rosas, pero tampoco tiene por qué ser desagradable.

Crecer siempre es bonito. Se parece a estudiar una obra musical: nota a nota, viendo cómo cobran sentido las frases musicales hasta formar algo más grande que acaba convirtiéndose en la obra completa. Ser capaz de hacer música es algo indescriptiblemente bello, pero caminar hacia ello es toadvía mejor.

Para poder conseguirlo es necesario perder el miedo y saber (con la certeza del corazón) que se llegará. El miedo, definitivamente, deja la magia en manos de alguien que no somos nosotros.

Un saludo dominguero.

lunes, 17 de octubre de 2011

El corazón al que se vuelve...

El problema de los viajes es que una ha de regresar. Y no me refiero sólo al hecho físico. Lo peor de todo es que se tiene que dejar esa vida temporal para regresar a la cotidiana y seguir viviendo, intentando asimilar todas las cosas que ha añadido en la cesta durante esos días.

Normalmente estamos preparados para ello y no cuesta demasiado hacerlo. Pero hay veces que nos queda una tremenda sensación de desasosiego, de falta de paz, de termintas comiendo en la boca del estómago y recorriendo los pies sin descanso.

En mi caso, tiene más que ver con el desamparo que con las sensaciones vividas. Y en esto, ahora, me acuerdo de lo que comentaba el otro día un hombre maravilloso durante una preciosa comida: cuando uno se va, cuando uno se aleja demasiado, el problema es el corazón al que se vuelve. Siempre hay que acompañar a la persona a la que se ha llevado de viaje, precisamente porque la vuelta puede resultar dura, porque no podemos dejar las cosas a medias, porque es importante que quien nos hizo volar sepa hacernos pisar tierra y dejarnos en reposo.


Pero esto no siempre ocurre. Y, en esos casos, es importante saber que no deseamos volver a pasar por ello, por maravilloso que haya sido.

En las relaciones no enmarcadas dentro del BDSM se puede considerar que es marcharse justo antes de echar un polvo y dejar un teléfono falso. En las BDSMeras, sin embargo, no tiene tanto que ver con el sexo en sí como con la sensación de entrega de la parte sumisa. Te das, te abandonas, dejas que algo de ti deje de ser tuyo para ser de otra persona en la que confías, por la que sientes, por la que suceden cosas que ni imaginabas antes... Y luego te encuentras sola, sin rumbo, perdida por todo aquello que no sabes dónde fué...

Hoy yo me siento así: sin rumbo y sin consciencia. Abandonada a la intemperie por quien asió la fusta, por quien yo sabía que no quería asumir la vuelta, pero, sobre todo, me siento traicionada por mi inteligencia.

Mañana será otro día y hoy tengo todas las posibilidades del mundo de mejorar el que vivo.