Hoy me he puesto a repasar, así de esta extraña manera en que me ha dado por hacerlo, mi vida bedesemera.
Al principio todo era nuevo. Tenía miedo e ilusión y me parecía que podía aprender mucho de todos. Pensaba que éramos especiales. Conocí a alguien y me enamoré. Me llevó por el camino del aprendizaje y, entre otras maravillas, descubrí que se puede enseñar sin predicar con el ejemplo. Aunque no lo crean, eso es algo precioso.
Luego, me desencanté.
Más tarde llegó el desamor y todos los reproches y consecuencias nefastas de estos.
Y después ya no quise creer ni querer, ni amar. Conocí entonces la entrega sin el amor incondicional del que solemos hablar, y la verdad es que estuvo bien. Disfruté de sensaciones que nunca antes había tenido y comprendí que es posible darse en un minuto de deseo, aunque sea diferente a hacerlo con la esperanza de la vida eterna.
Después, más tarde, apareció Él. Cambió todo. Volvió la entrega enamorada, la que hace que todo sea Él, Él, Él...
Y ahora no sé si sé o dejo de saber; no me fío de casi nadie pero escucho a todo el mundo; aprendo lo que puedo, aunque no se predique con el ejemplo; sé que somos corrientes y molientes, y siento que es una pena que no podamos entendernos a pesar de hablar el mismo idioma.
Será, quizá, que preferimos resaltar los dialectos.

