martes, 27 de noviembre de 2012

Maneras de decirte "Amo"


Existen muchísimas maneras de decirte lo que siento, lo que despiertas en mi y la forma en que yo siento la relación. Supongo que todas son siempre, pero no tienen la misma intensidad en todo momento, así que recurro a la que me sale del alma para invocarte, para llamarte.

Cuando te digo "Amo", el sentimiento que prima es el de que tú posees todo lo que soy, que deseo que me roces, que me toques, que me azotes... que tu pensamiento se pose en mi para mostrarme, como sólo tú puedes, la dominación absoluta que ejerces sobre mi... y que yo deseo. Es algo, sobre todo, físico, carnal, de deseo animal, como la perra que busca la mano que le da de comer, y come de ella, feliz, contenta, satisfecha porque su Amo ha ejercido de tal.

Cuando te digo "Dueño", es algo menos físico. Suele responder a la necesidad mental de que me sientas tuya, de que me lleves a donde quieras, de que conduzcas a este ser tuyo por el camino que más te plazca. "Mi Dueño", de todas maneras, es un sentimiento más que dos palabras. Nacen y mueren en mi cabeza en muchas más ocasiones de las que salen de mi boca.


Al llamarte "Mi Dios" lo que hago es adorarte. Toda mi admiración, mi fé, el consuelo... la constancia de que hay algo grande, inmenso, en ti me hace adorarte como a un dios todopoderoso que saca de mi lo más grande, que hace nacer de la nada seres vivos que me invaden el alma, el estómago, el deseo... Un dios terrible y magnánimo que me concede la gracia de ser su fiel devota y a quien, sin darme cuenta, rezo (desde este especial ateismo monoteista) todas las noches. Es el dios a quien entrego una fe que no necesito porque todas sus acciones, todos los hechos, son milagros puros que nacen de su existencia. El dios de quien una sola palabra basta para curarme y por quien sueño ser el vanhala.


Otras veces, sin embargo, eres "mi Rey", el Dueño y Señor de cada uno de los territorios de mi alma y de mi cuerpo; el hombre puesto en un trono al que sirvo con lealtad y humildad, y por quien vivo. El hombre, carne y hueso, que reina cada uno de mis actos y por quien cada día trato de ser mejor sirviente, mejor escudera, mejor luchadora... El hombre (no dios, sino humano) que tiene la potestad del perdón y el premio, la autoridad para el castigo y el absoluto derecho de servidumbre sobre mi.


Y otras, "Mi Señor". Siempre me suena a poco, igual por manido, pero es una maravillosa demostración de todo el respeto que te tengo y mereces; el "usted" que tengo dentro y no me sale; la admiración más asboluta a cada uno de tus actos, de tus pensamientos, de tus intenciones... El saber, de manera cierta, que eres un Señor, en todas las acepciones de la palabra, y que despiertas en mi una pasión y deseo que velo (temporalmente, claro) y camuflo en la palabra adecuada para ocasiones en las que el desenfreno no tiene mucha cabida.


Todas convergen y eres mi "Todo": Dios, Amo, Dueño, Señor, Rey...

Todas y cada una de las palabras que me despiertas nacen del corazón y la mente que te adoran, te respetan, te aman, te desean y  te sirven.

Todas y cada una de las palabras son poco para lo grande que eres y las emociones que me despiertas.

sábado, 17 de noviembre de 2012

El tigre junto al que sueño




A veces duermo junto a un tigre que ruge y me araña; que me ataca y me devora. A veces, me despierto y siento aún su fuerza en mi cuerpo, los restos de la lucha librada... A veces, el tigre que nunca descansa saca todo su instinto lamiendo, mordiendo, rugiendo...

A veces.

A mi me gusta el animal que siento. Cuando sale, sencillamente me dejo llevar porque sé que toda resistencia será fuerza perdida. Y yo, entonces, disfruto de su poder sobre mi, de todo su instinto venciendo a mi cabeza, que rodaba y rodaba antes de todo.

Y el todo que parecía inamovible, las percepciones y pensamientos que pensaba fijos, cambian, se extinguen, varían, de la manera más natural, y se tornan algo lejano que no existe.

A veces.

Otras, sencillamente, es él quien duerme a mi lado.Y me sobrecoge un sentimiento infinito de agradecimiento y felicidad por saberle ahí, latente siempre, presente siempre.

Todos los todos del Señor de mi me emocionan.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Mi pecho

Me encanta mi pecho. Me encanta verlo y sentirlo. Me encanta notarlo en tus manos, saber que lo tocas, que lo pellizcas, que lo besas, que lo muerdes...

Me encanta la conjunción de tu cuerpo y el mío en el pezón de cada pecho.

Me encata ser tuya, que me uses, que me ames, que me tortures, que me beses...

... En fin: me encanta tener tu collar en mi alma.

Resolviendo fotos de otro tiempo



Hay manos que fueron magia, el Universo entero en un gesto... y ahora, vistas desde la distancia que da ser ajenos a esa vida, resultan totalmente desconocidas.

Hay lugares que fueron un sueño tocado y pensado, vivido, deseado... y, en estas fotos que ahora observo con detalle, son absolutamente desconocidos.

Nada es lo que era. Probablemente, como dice Aute, nada queda en este trozo de papel: todo es alquimia... es la prueba más veraz de que todo es mentira, porque el tiempo pasa hasta para la memoria que deshace pensamientos y resuelve en perfectos desconocidos a quienes creían conocerse.