miércoles, 7 de octubre de 2015

Perdonarse



Al principio, todo es raro. Parece que estás bien y que nada te importa. Una extraña sensación de liberación y paz interior que te hace pensar que todo ha pasado ya, que el duelo ha muerto antes de que se acabara, que no vas a necesitar ese paréntesis emocional porque, en realidad, no hace falta.

Pero te equivocas.

El duelo es necesario, y también lo es pasar por esas fases tan horribles de tristeza, rencor, reproches, reconciliación y paz. La peor, sin duda, es la del rencor. Es un sentimiento arrollador, destructor, asolador... de ti misma. Destruye la belleza que, sin duda, ha habido, y construye un mundo feo y oscuro donde la alegría y los buenos momentos quedan relegados y escondidos en un profundo lugar del alma.

Supongo que es necesaria, pero... ¡tan dolorosa!

Sin embargo, de repente, después de caer en el abismo, después de haber rozado la ruindad emocional, despiertas y te das cuenta de que, sencillamente, has de pasar página, pero desde el cariño, desde el amor que sí has sentido, desde la alegría de haber vivido algo bello, aunque fuera corto, aunque no fuera eterno, aunque se extinguiera...

Y entonces, se hace la luz. Sigue habiendo un pequeño (o gran) sentimiento de fracaso, pero ya no duele. No lastima. No marca. Ya no puede hacerte daño, porque la querencia, la necesidad, la adicción, ha creado algo bello que permanece en el recuerdo, porque sonríes pensando en momentos determinados que habías castigado en la época del rencor, porque te reconcilias con quien quisiste y con quien fuiste, y, sobre todo, porque te perdonas por todas las cosas que hiciste mal, por todas las palabras que no se dijeron, por todas las disculpas que no enviaste, por todas las emociones que callaste.

Te perdonas por no haber sido perfecta. Nunca lo fuiste. Y, además, es probable que nunca lo seas. Pero tienes que aceptar que es así, que fue así, que será así.

Y que, a pesar de ello, la vida te prestó preciosos momentos que supiste vivir, gozar, sentir.

Y que esos momentos existieron gracias a otro ser imperfecto a quien siempre querrás, aunque ninguno de los dos nunca ya sea el mismo que vivió esa historia.

La despedida



Lo supo siempre. Desde que aquel libro cayó en sus manos tuvo la impresión de que acabarlo de leer supondría que la relación se había terminado. No podía explicarlo porque era una de esas emociones que no pueden traducirse al lenguaje de lo racional.

Asi que, mientras aquello declinaba y comenzaba el stacatto final, ella mantuvo el libro alejado de su vista, para no acabarlo, para no llegar a la última página de aquella historia que tanto significaba para ella.

Mucho tiempo quedó aquel libro semi escondido entre otros, pero siempre visible al alma de quien no se atrevía a darle la estocada final, el atracón, la pena terrible de acabar algo que sabía extinto, pero deseaba mantener.

Y un día ocurrió. No hizo falta acabar el libro. No pudo siquiera cogerlo entre sus manos para olerlo por última vez, para sentirlo, para ser consciente, para despedirse. Sólo ocurrió. Aquello que tanto había protegido, aún a costa de su propia razón, llegó a un camino en el que no había más salida que la marcha.

Y entonces, cuidadosamente, metió aquel libro que nunca acabaría en un sobre.

Y se lo devolvió.