Todos soñamos. No sólo cuando estamos dormidos, sino a plena luz del día, en mitad de una aburrida reunión de trabajo, o en la soledad de un café de media tarde. Todos soñamos. Y es maravilloso pensar en aquellas cosas a las que queremos llegar, aquellas que deseamos alcanzar, y que son las que encarrilan muchos de nuestros movimientos para hacerlas viables, posibles, probables... hasta que llegan.
Unos sueños tardan más y otros, menos. Algunos nos llevan toda la vida y otros culminan casi en el momento de desearlos, pero todos, absolutamente todos, tienen derecho a existir, por raros o lejanos que parezcan.
Para todos ellos hace falta que estemos dispuestos a pagar el precio que suponen, porque hasta el ahnelo más bonito tiene un precio. Y el más difícil de pagar suele ser sentirnos merecedores; saber que es justo (para esa justicia interior que todos tenemos) concedérnoslo.
Me he dado cuenta de que, en muchas ocasiones, otras personas contribuyen a que nuestros sueños se hagan realidad, aunque seamos nosotros quienes tengamos que poner toda la carne en el asador. Y también me he dado cuenta de que yo deseo, profunda e intensamente, que se hagan realidad los tuyos.
Me he dado cuenta de que puedo ayudarte a conseguir algunos de ellos, y quiero, con todas mis fuerzas, hacerlo.
Siento que es La razón de muchas cosas: poder ayudarte a realizarlos.
Lo sabes y sé que lo sabes, pero quería decírtelo por escrito: aquí me tienes, Señor. Mi vida, mi casa, mi tiempo, mi alma... a tu entera disposición
...para ayudarte a cumplirlos.
