Nunca
he sido mujer de collares ceñidos. Mi amigo eternoaprendiz dice que soy
alérgica a ellos, y no quiero quitarle razón, porque me conoce bastante
bien, pero el caso es que nunca los he llevado porque, sencillamente,
me apretaban, me dolían, notaba constantemente algo ahogándome...
Siempre he sido más de colgante, de cadena que exista, pero me deje suelta.
Si buscamos analogías o asociaciones piscológicas seguro que las encontramos rápidamente.
El
caso es que llevo tiempo deseando tener uno. Como muchas otras cosas en
la vida, algunas cambian de sentido cuando hay alguien que les otorga
uno nuevo. Lo que antes era algo sin demasiado sentido para ti de
repente pasa a significar muchísimo.
El collar más importante se lleva en el alma, y no aprieta, no duele, no ahoga. Ése lo llevo desde hace mucho.
El otro, el que deseo, llegará, seguro. Pero, probablemente, sea el que menos importa, sobre todo ahora, que pensarlo no duele.

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