Hoy he recordado una conversación que tuve hace tiempo con El Gato, un hombre bedesemero barcelonés (ahora no recuerdo si era Dominante o sumiso) sobre las necesidades carnales de la gente de este mundo. Ambos coincidíamos en que era probable que tuviéramos más, o, sencillamente, que lo manifestábamos más que la media de la población.
Pero de lo que sí estábamos seguros ambos, al 100%, era de que la carne necesita carne. Un cuerpo incendiado necesita otro cuerpo que lo apague. Y, no siendo así, siempre queda la propia carne para satisfacerse, pero el pecho ajeno (o cualquier otra parte, no crean que hago distinciones) pasa el cajón de "cosas pendientes".
Esa necesidad implacable de carne es aún más intensa cuando el fuego proviene del deseo hacia otra persona. Ahí no hay "tío, pásame el río". La única forma de descansar en absoluta paz es la de la de la comunión de ambos. No hay más.
Otra cosa es que no se pueda, ya.
En ese horrible caso, y sabiendo que iremos llenando el cajón mencionado, habrá que poner manos en la obra,... aunque no seamos capaces de apagar el deseo.