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lunes, 16 de julio de 2012



Hoy me he puesto a repasar, así de esta extraña manera en que me ha dado por hacerlo, mi vida bedesemera.

Al principio todo era nuevo. Tenía miedo e ilusión y me parecía que podía aprender mucho de todos. Pensaba que éramos especiales. Conocí a alguien y me enamoré. Me llevó por el camino del aprendizaje y, entre otras maravillas, descubrí que se puede enseñar sin predicar con el ejemplo. Aunque no lo crean, eso es algo precioso.

Luego, me desencanté.

Más tarde llegó el desamor y todos los reproches y consecuencias nefastas de estos.

Y después ya no quise creer ni querer, ni amar. Conocí entonces la entrega sin el amor incondicional del que solemos hablar, y la verdad es que estuvo bien. Disfruté de sensaciones que nunca antes había tenido y comprendí que es posible darse en un minuto de deseo, aunque sea diferente a hacerlo con la esperanza de la vida eterna.

Después, más tarde, apareció Él. Cambió todo. Volvió la entrega enamorada, la que hace que todo sea Él, Él, Él...

Y ahora no sé si sé o dejo de saber; no me fío de casi nadie pero escucho a todo el mundo; aprendo lo que puedo, aunque no se predique con el ejemplo; sé que somos corrientes y molientes, y siento que es una pena que no podamos entendernos a pesar de hablar el mismo idioma.

Será, quizá, que preferimos resaltar los dialectos.

domingo, 15 de abril de 2012


Algo ha cambiado. Algo se ha encendido en mi.
Algo ha hecho las maletas y se ha marchado.
No lo echo de menos.
No sabía siquiera que estuviera hasta que he visto su vacío en mi alma.
Se ha ido el miedo, el callar, el negar, la duda sistemática, el pánico paralizante.
Al marcharse se ha encendido una luz que me sale de dentro. 
Ilumina los rincones escondidos y los hace bellos.
Ha creado esperanza en donde antes había escepticismo.
Me siento feliz. 
Te amo.
Y aunque haya gente que no entienda el "desde siempre" o el "para siempre"
tú y yo sabemos que es así como lo sentimos, ahora, 
en este instante que es eterno,
que sólo entiende el futuro como la prolongación inevitable
de este nosotros que somos ahora.

Ser tuya es un milagro realizado sin fé.
No necesito creer en ti: te siento.
Me basta saber que estás al otro lado de mi, y dentro,
para entender que el mundo converge en tus manos,
en tu voz,
en tu alma...

... y en la mía, que posees.