Sí: por lo menos por ahora, parece que lo he consguido. No fumo. ¡¡¡Bieeeeennn!! Pero no. Definitivamente, no.
Al supuesto primer estadio de estrés (que no he sufrido gracias a la medicación) resulta que sí le acompañaba un terrible insomnio que me tiene más frita que a los pollos del Kentucky. Pero ahí no acaba todo: como me costaba mucho descansar, he decidido reducir la dosis medicamentosa, de manera que donde antes eran dos ahora es una. Y ¡¡¡halaaaaa!!! sigo durmiendo mal, pero además tengo ansiedad y no paro de comer, amén de que, de vez en cuando, me fumaría hasta la hierba del campo... si tuviera papel donde envolverla.
Así que mi super experiencia está convirtiéndose en un reto. Lo era antes, sí, pero... ¡joooo! se supone que el dormir era sagrado.
Como no duermo bien me paso el día bostezando, triste y lastimera como Calimero y con ganas de que llegue la mañana siguiente para que haya pasado un día más. Desde luego, no parece el mejor plan de vida del Universo, pero es lo que hay.
A ver si mañana, que es lunes y el primer día del resto de mi vida, comienzo a dormir bien del todo, dejo de comerme a mi madre por las patas y esta tristeza que me ha invadido se marcha a tomar por donde amargan los pepinos.
Que sí, que ya toca: no fumar me abre un mundo de respiraciones y aromas, es verdad.
Pero si me quita la alegría no compensa.
¡Feliz semana!


