Hoy me siento ante el ordenador con la única intención de sacar y ordenar. Puede que no sea demasiado comprensible, pero, aún así, quiero publicarlo. Pido, por lo tanto, disculpas por adelantado.
El caso es que me ha gustado. Me encanta liberarme de miedos, de antiguos pesos mal sobrellevados. Me gusta la sensación de libertad plena que da la desnudez emocional cuando no "sobrevuelan collejas" porque la intención comunicativa no es el reproche, si no la comunicación per se; porque se escucha para entender y se habla para decir.
Me gusta mirar a alguien y pensar en la suerte que tuvimos, y en la que seguimos teniendo cuando somos capaces de abstraernos de dolores y heridas para centrarnos en el disfrute de un momento que ha llegado cuando tenía que llegar.
Me gusta sentir los "como decíamos ayer" tal y como salen del alma. Me gusta.
Me gusta saber que hay gente que encuentra su camino en travesías en el desierto que, con toda seguridad, serán mucho más livianas y a la vez más duras de lo que piensan. Y me gusta que sepan que no estarán solos, aunque sé que lo sentirán de vez en cuando.
Me gusta poder decir "siempre seré de ese equipo", porque sé que así será, y, aunque la eternidad es tan larga como un ahora y puede esfumarse, siento que hay cosas eternas.
Me gusta compartir mesa en sitios bonitos con gente bella, y me encanta llegar a casa y ver un vídeo que me ruboriza y conmueve. Me encanta haber aprendido lo que se dice en él antes de verlo, pero realmente me emociona escucharlo y saber que ya está dentro, en ese lugar desde el que todo brota y en el que permanece para siempre. Porque hay cosas que aprendemos y desaprendemos, pero las importantes, las que se guardan en el corazón, esas nunca se olvidan.
Me gusta saber que quedan muchas palabras por decir, muchas emociones por confesar, muchos agradecimientos que enviar... pero que, al final, todo se ha dicho aunque falten, porque lo importante no eran los detalles, sino la esencia. Y ha quedado desnuda ante la sinceridad.
Me gusta sentir que no llevo lastres en el viaje. Me gusta caminar descalza. Me gusta dormir con la persiana arriba y despertar sintiendo la luz en mi cuerpo. Y me gusta saber que otras personas dijeron no fiarse de las quienes lo hacen, pero sí de mi. Porque, al final, se puede cambiar de opinión sin romper el orden del Universo. Se puede decir "no" y "sí", y otra vez "no" tantas veces como se quiera, como se desee, como se sienta. Y es posible porque quienes nos quieren entienden que a veces nos tambaleamos y decimos algo sintiéndolo en el corazón, para después sentir lo contrario con la misma fuerza.
Y no importa.
Eso es lo más importante: que no importa.
Mario me acompaña en el camino desde años. Hemos vivido muchísimas cosas juntos: buenas, rebuenas, malas y remalas. Juntos y, en un par de momentos, separados. Pero no importa, porque el amor que nos tenemos ha superado todos bandazos y abordajes que hemos sufrido hasta ahora; porque a mi no me importa lo que haga, sino lo que siente; porque a él no lo importa lo que hago, sino lo que siento; y porque, después de todo, siempre estamos nosotros.
Me gusta tenerlo en el barco. Me gusta mirarlo.
Dani dice que Mario siempre está contento. Yo sé que no, pero él lo ve de esa manera y a mi me parece maravilloso que alguien pueda mirar a otra persona y verla así. Y entiendo que los ojos que miran a los que ven esa alegría se sienten felices y orgullosos de contemplar la escena y disfrutarla.
Hoy, por fin, me he liberado. Y me doy cuenta de que la libertad me permite ver aún más belleza en los detalles del mundo.
Soy tremendamente afortunada.
Gracias a los que hacéis posible esta vida maravillosa.