Lo bueno que tiene el dolor (en realidad lo que tiene todo) es que acaba pasando y en muchas ocasiones deja un regustillo a "me-dolía-pero-ya-no-me-duele" que dura segundos, mágicos y maravillosos, en los que todavía eres consciente del daño pero sin sentir la (para mi) peor de las partes.
Es una sensación de calor y de estado de gracia que pasa rápidamente, pero va asociada, inevitablemente, al después de un fustazo, un azote, un latigazo... El cuerpo volviendo a su estado natural y tú ahí, disfrutándolo, sabiendo que durará segundos maravillosos en los que queda la constancia de lo que acaba de ocurrir pero sin que tenga que suceder de nuevo.
Para mi es algo grande, maravilloso, mágico. En esos momentos cierro los ojos y sólo soy ser que siente, que nota cómo ese calorcito me invade, me llena, me asila, me refugia del dolor recién sentido.
En esos segundos no quiero hablar porque se extingue la magia. No quiero moverme. Sólo deseo estar ahí, en ese cuerpo que acaba de ser receptor y se convierte en emisor.
Me gusta.
Pensar en ello me trae sonrisas.


