miércoles, 25 de julio de 2012

Los cambios


Muchas veces me planteo cómo he llegado a apreciar ciertas cosas que antes, sencillamente, o no existían o me parecían poco atractivas. Ahora miro esta foto y sonrío. Me gusta lo que veo, pero lo que me hace sonreir va más allá de la imagen: es la historia, lo que sucedió antes (antes y mucho antes de ese antes); el cómo ha llegado ese violeta (y no cualquier otro color) hasta mi...

Me sorprende ver cómo son las cosas; cómo las creemos eternas y, en realidad, cambian a cada momento; cómo una puede ser muchas, y todas diferentes, sin dejar de ser la que se es. Me alegra saber que una puede escoger un rumbo u otro sin dejar de llegar al destino final, la felicidad, y conseguirlo de manera plena.

Me alegra ver esa foto, estar en ella... y que seas tú quien esté al otro lado.

jueves, 19 de julio de 2012

Quisiera...



Quisiera poder complacerte en cada palabra o silencio;
decir con el cuerpo todo aquello que deseas escuchar;
darte en cada gesto lo que anhelas;
mirarte y descifrar el mundo que te oculta y tras el que te escondes.

Quisiera ser la sumisa que deseas sin que tengas que decirlo;
la que complace tu alma y tu cuerpo con el esfuerzo desapercibido;
la que te haga sentir el mundo arrodillado, como yo,
ante la grandeza que destilas.

Quisiera ser, poder, hacer, decir, callar...

Quisiera poder complacerte y no pensarte a todas horas
para evitarte el desgaste,

pero a veces, sencillamente,

... no puedo.

lunes, 16 de julio de 2012



Hoy me he puesto a repasar, así de esta extraña manera en que me ha dado por hacerlo, mi vida bedesemera.

Al principio todo era nuevo. Tenía miedo e ilusión y me parecía que podía aprender mucho de todos. Pensaba que éramos especiales. Conocí a alguien y me enamoré. Me llevó por el camino del aprendizaje y, entre otras maravillas, descubrí que se puede enseñar sin predicar con el ejemplo. Aunque no lo crean, eso es algo precioso.

Luego, me desencanté.

Más tarde llegó el desamor y todos los reproches y consecuencias nefastas de estos.

Y después ya no quise creer ni querer, ni amar. Conocí entonces la entrega sin el amor incondicional del que solemos hablar, y la verdad es que estuvo bien. Disfruté de sensaciones que nunca antes había tenido y comprendí que es posible darse en un minuto de deseo, aunque sea diferente a hacerlo con la esperanza de la vida eterna.

Después, más tarde, apareció Él. Cambió todo. Volvió la entrega enamorada, la que hace que todo sea Él, Él, Él...

Y ahora no sé si sé o dejo de saber; no me fío de casi nadie pero escucho a todo el mundo; aprendo lo que puedo, aunque no se predique con el ejemplo; sé que somos corrientes y molientes, y siento que es una pena que no podamos entendernos a pesar de hablar el mismo idioma.

Será, quizá, que preferimos resaltar los dialectos.