Él trabaja con todo el lienzo. Dibuja sobre él su idea y comienza a elaborar cada milímetro hasta que va asumiendo la forma que desea. Perfila las emociones haciendo temblar cada poro y, en ocasiones, vuelve varias veces al mismo punto porque desea realzarlo, concretarlo, darle el toque mágico que sólo Él puede otorgarle.
Cuando el esbozo está completo, comienza a pintar sobre él sus deseos: colorea de añil los mares; de rojo el alma; de lila la vida; de verde el miedo... Mezcla pigmentos con mimo, coniguiendo que cada tono sea exactamente lo que Él desea, que cada emoción salga exactamente de la manera en la que Él ha escogido.
Algunas veces el lienzo se queda mudo; los colores se apagan en la tela y es difícil saber qué pide, pero ser pintor tiene esas cosas y no desespera: vuelve al blanco y lo trabaja hasta que es la obra escondida en la materia la que brota pidiendo la luz necesaria para ser, exactamente, lo que subyace.
El pintor del alma, del cuerpo, tiene la paciencia de esperar a que surjan las luces, pero también el arrojo de no abandonar ante los blancos.
El lienzo tiene la suerte de sentir Su alma dibujando sobre él esos deseos.
El arte que surge de la comunión de ambos puede no responder a la idea de partida, pero es siempre el resultado de la magia de un viaje en compañía.
Pintor de mi cuerpo, de mi alma...
...gracias por tu arte entregado.









