Había sido un fin de semana de lo más peculiar. Después de una noche loca con un maravilloso cubano, follando sin parar hasta que el cuerpo decidió que dormir también podía producir mucho placer, había quedado con Él.
Había llegado a mi hacía casi un año, pero no había posado mi atención en él hasta hacía unos días. Nos habíamos encontrado en un café de esos que hacemos a veces los pervertidos para juntarnos entre nosotros, pero en aquella ocasión no lo encontré ni atractivo ni interesante. Más bien me pareció una seta poco educada, con muchos reparos sociales y poco dispuesta a la comunicación. Un chollo, vamos :-P
El caso es que, debido a su deseo de saldar una cuenta pendiente (literalmente), habíamos quedado el miércoles anterior al fin de semana loco. La experiencia me ha enseñado que puedo citarme con cualquier persona y pasar un buen rato, pero que, si las expectativas no son muy buenas, lo mejor es que el encuentro tenga tiempo limitado, así que yo disponía sólo de una hora y media para ese café (por supuesto, Él lo sabía).
Y, ¡¡¡ufffff!!!... ¡¡¡me encantó!!! No sé qué había hecho con el chico aquel del café. Igual lo había derrotado a latigazos y escondido atado en algún lugar de una mazmorra, porque el caso es que aquel hombre sólo coincidía con el que yo recordaba en el cuerpo (y tampoco creáis que lo tenía muy fichado. Podía haberme dado cambiazo tranquilamente). Mejor dicho: en la cara.
Agradable, interesante, con mucha conversación, inteligente, culto... Im-presionante.
Pero, claro, en el pecado llevaba mi penitencia. El hecho de haber limitado temporalmente la cita me cogió por el cuello y me obligó a marcharme.
- Quiero más - le dije.
- Eso dicen todas -
( "Eres un presuntuoso creído", pensé yo, pero lo cierto es que me daba igual: sí quería más).
Decidimos volver a vernos. No sé cómo, acabamos concretando que fuera el sábado.
Yo ya había quedado con el cubano en vernos el viernes, así que acudí a mi cita. Pasamos una noche loca y, a la mañana siguiente, volví a mi casa, feliz y contenta. Me metí en la cama y comencé a leer ese libro que tenía casi perdido con tanta lujuria y descontrol vital. No sé cómo Él y yo comenzamos a mandarnos mensajes y mi calor corporal fue subiendo y subiendo, subiendo y subiendo, hasta que no tuve más remedio que comenzar a tocarme, a masturbarme, a sentirle sin estar...
Cuarenta mil pajas más tarde, nos encontramos por segunda vez. Charla, charla, bla, bla, bla... "Interesante este hombre", pensaba yo.
De repente, sin razón aparente, comenzó a remangarse la camisa... ¡¡¡¡Dios mío!!! ¿Por qué has creado semejante placer para el alma? ¡qué buena he tenido que ser en otra vida para que el karma me traiga esta imagen a la retina! ¡Qué excitación! ¡qué ganas de estar desnuda delante de él, de rodillas, contemplando esa misma imagen a sabiendas de que luego llegará el placer enmascarado de dolor!
Tanto caí en el delirio que perdí el hilo de nuestra conversación, y, por supuesto, que se dio cuenta. Era inevitable. Quizá hasta desable.
Esa tarde fue bonita, interesante, agradable, excitante. Una puerta abierta a la posibilidad y al recuerdo. Un motivo para sonreir y estar agradecida a la vida por esos ratucos que nos regala.
Luego, fui al partido. Baloncesto. Ni juego ni entreno. Soy de las personas que se ponen detrás de la mesa y llevan el registro del partido en un acta. Ya ves: ¡de todo tiene que haber en la vida!
Los árbitros me resultan siempre de lo más excitante. La autoridad que destilan, los movimientos determinantes que obligan a obedecer, aunque no se desee... Ufffff...
En mitad del partido, como parte de su rutina de cuidado a la anotadora, el árbitro se me acerca y, mirándome a los ojos, pregunta:
- ¿Todo bien? -
Jodeeeeerrrrrrrr... Vale que ya iba calentita de casa, que el tío estaba bastante bien, que me ponen los árbitros, pero ¡encima me cuidas!
No os podéis imaginar cómo llegué a casa. Litros y litros de excitación derramados en la ropa, en el coche, en el ascensor, en la risa...
... Y Él, que me dijo que no me masturbara.
¿Por qué cojones quiero hacerle caso? :-O