Resulta que una vez fui otra persona. O igual era yo misma de otro color, o con otro tamaño, otra piel... No me acuerdo. No sé muy bien qué fui, ni por qué cambiaron las cosas. Sólo sé que, en un punto indeterminado, me di cuenta de que la persona que había sido ya no estaba y ahora tocaban otros ojos con los que mirar el mismo cuerpo tan cambiado; el mismo alma, tan diferente...
La sumisión resulta, cuanto menos, algo chocante. Entonces yo era otra persona, pero tenía muchos rasgos en común con la que ahora escribe. No sabía nada, todo era nuevo en palabra, obra y omisión. A veces leía escritos o experiencias de otras personas y el vello se me erizaba hasta dolerme. Aún así me sentía tremendamente segura en mis emociones y desconocimientos y creía (¡ignorante que era!) que mi verdad era universal.
Ahora es otra shere la que siente, la que escribe, la que piensa... Y ésta mira al pasado y sonríe. Muchas de las cosas que entonces me parecían sin sentido ahora lo tienen todo. Muchas de las prácticas que me espantaban son ahora deseo constante.
Otras, no. Otras siguen en el umbral de lo desconocido y temido. Pero mi actitud ha cambiado: no siento nada como "nunca", sino como "preferiría no hacerlo"...
Y hay algunos conceptos que también han cambiado. El que tengo sobre el castigo, por ejemplo, no es el que era. Antes me parecía que el hecho de tener que imponérmelo suponía, necesariamente, una decepción tan grande por ambas partes que llevaría a la ruptura inevitable de la relación. Ahora ya no. Ahora creo que si alguien se molesta en corregir comportamientos es porque quiere modelarte, y se toma el tiempo necesario para hacerlo.
Sin embargo, me sigue preocupando el hecho de que algo pueda suponer tanto dolor como para sentir la necesidad de imponer un castigo.
Supongo que dentro de poco pensaré de otra manera, y esa shere que lea este escrito sonreirá pensando... "Qué necia era..."
