miércoles, 16 de noviembre de 2011

Mi baño


Después del día ajetreado, de los nervios y demás que suelen acompañarme en situaciones que considero relativamente delicadas, ahora toca ponerme manos a la obra.

Ayer me bañé. Así dicho no tiene mucho de especial, la verdad. Darse un baño es un lujo que debemos dosificar, pero que todos nos pegamos de vez en cuando, ¿no?...

Sin embargo he de decir que mi baño de ayer fue muy especial. Primero porque el momento en el que lo hice no fue escogido por mi, sino por el Dueño de mi cuerpo; y segundo, porque todo lo que ocurrió en él fue compartido con Él.

Tal y como se me había dicho, ordenado, sugerido o como quiera que se diga lo que fuera que fue, después de terminar mis rutinas postcena, abrí el grifo de la bañera y eché sales de baño. El agua lo puse muy caliente, al máximo, porque para enfriarlo siempre hay tiempo y porque me gusta ir adaptando la temperatura del agua a la del cuerpo y a la inversa. ¡Cosas que tiene una!

El gel que eché para la espuma era de la línea de aromaterapia y lo escogí por el color: entre morado intenso y rojo pasión. Me gusta ése, especialmente para momentos de deseo, de descanso.

Cuando el baño se hubo llenado hasta donde me pareció adecuado, pensé en ti y te dediqué una gran sonrisa... el momento había empezado ya hace rato, pero fue entonces cuando pensé que te gustaría estar físicamente a mi lado.

Encendí las velas, muchas, todo como en una película romántica, y me desvestí. Un pie dentro... quemaba... templarlo. Dejar correr el agua hasta que la temperatura era la ideal y, entonces, entrar en él con la sensación de que algo tocaba todo mi cuerpo, algo más allá del líquido... Es curioso que alguien pueda estar sin estarlo, ¿verdad?...

El calor, el vapor, las sales, los pies calentitos dentro, la cabeza apoyada en un lado de la bañera y tú acariciándome, sin más intención que la de ser consciente de que estábamos allí los dos, yo dejándome y tú llevándome. Precioso.

Era una sensación tan bonita y un momento tan relajado que me quedé dormida como si nada en el mundo importara, como si todo se redujera a ese tú que miraba a ese yo que se desvanecía en tus brazos.

No sé cuánto dormí. Tampoco importa. La música que había llevado seguí sonando cuando me desperté, las velas aún estaban encendidas y el agua seguía siendo un lugar agradable donde estar, así que te hice caso y cogí el teléfono de la ducha. Templé el agua que salía de ella y me dediqué a recorrer todo mi cuerpo como si fueran tus manos, o tu boca, las que lo estuviera haciendo.

En un momento, sentí cómo te parabas en mi sexo, cómo te deleitabas, cómo notabas el calor que comenzaba a desprender... y, sencillamente, me dejé llevar por tus manos que habían cogido la forma de las mías, que me acariciaban sin pudor y sin medida, mientras que el agua que salia del teléfono campaba a sus anchas por ese territorio.

Sólo disfrutar, sin metas, sin necesidad de que las cosas acabaran de una manera o de otra; sólo sentirte, sentirme, saber que me llevabas, que jugabas conmigo, que me hacías perder esa tremenda y arraigada sensación de pensar, pensar... pensar. En ese momento sólo era sentir, sentir... sentir.

Y así fue... tú y yo, sintiéndonos.

… desde siempre.

2 comentarios:

  1. Hola shere. He llegado hasta aquí a través de maría (vida) y me parado en esta baño tan íntimo.

    Me seduce lo que escribes y como lo escribes.

    Un beso.

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  2. ¡¡¡Bienvenidaaaaaaaaa!!! Una inmensa alegría tenerte en casa. Saludos y un besazo.

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