sábado, 31 de marzo de 2012

Peligro de extinción

Sé que escribo muchas veces sobre lo mismo. Probablemente es porque pienso repetidamente en las mismas cosas, o porque me da la sensación de que no termino de dar con la clave. (Y que conste que éste es un ejercicio de pensamiento, no de consciencia personal, ¿eh? :-))

Hoy he releído en el blog de mi Señor, Baalkiss, La oscuridad de la sumisa, una entrada sobre los sentimientos que una persona atribuye a haber sido "abandonada" por su Amo. Y me ha vuelto a la cabeza un pensamiento que, en realidad, nunca se ha ido.

¡Cuántas personas, especialmente de condición sumisa, creen que la relación que mantienen ha de hacer que se abandonen de ellas mismas!

Y estoy rotundamente en contra. Me explico...

... Yo supongo que cualquier relación que establecemos ha de hacernos crecer a todos los miembros de la misma. Me da igual que sea laboral, que de amistad, personal, de pareja, familiar... Sea lo que sea, la interacción con otros seres humanos ha de hacernos crecer en algún ámbito. Cuando nos sentimos mermadas, desminuídas, deterioridas... me da la sensación de que algo no va bien.

Y especialmente en las relaciones D/s, donde ponemos un todo en manos de otro Todo, ambas partes han de sentirse plenas, maravillosas, exultantes, inmensas, infinitas...

Nadie mejor que un Amo para hacerte consciente de la grandeza que entregas, del milagro que resulta de un regalo que es precioso, el mejor de los mejores (aunque sea susceptible de mejora, claro)...

Pero existen relaciones (dentro y fuera de la D/s) que llevan a uno de los miembros, o a ambos, a empequeñecerse lentamente; a mermar y mermar hasta que queda algo diminuto que casi se pierde en la inmensidad. Hay gente que lleva a otra al peligro de extinción. Y eso es lo que hace que luego la persona se sienta tan minúscula, tan perdida, tan destrozada (además del hecho de haber perdido a alguien a quien quería).

Lo terrible no es el momento del abandono (ese instante es sólo en el que una se da cuenta de su estado), sino que alguien sea capaz de dejarse llevar de esa manera sin darse cuenta y de que su otra mitad permita que eso ocurra, con o sin voluntad de que así sea.

Lo que me aterra de esas relaciones no es el momento en que eres consciente de tu peligro de extinción, sino cada ser que se ha matado antes para llegar a ese estado.


jueves, 29 de marzo de 2012

¿Qué hubiera pasado? Lluvia en los zapatos



Llevaba tiempo registrada en una página de contactos bedesemera. Allí tenía (y tengo) un blog en que me dedicaba a escribir pensamientos y demás cosas locas que se me pasaban por la cabeza. Una de esas actividades que te liberan de pensar a la vez que te llenan de ganas de seguir escribiendo por el mero placer de hacerlo (que ya es bastante).

En una de esas épocas que todos tenemos de escritura complusiva, en medio de una vorágine de nuevas emociones y redescubrimiento de amigos (aunque igual he usado mal el término, porque en realidad fue alguien a quien conocí como si fuera por primera vez), llegó un Dominante nuevo a la página. Él también tenía un blog. A mi me gustaba leerlo, especialmente cuando hablaba de sus emociones y de sus vivencias. Era un hombre gráfico al que lo visual le llamaba especialmente la atención y siempre empleaba dibujos y fotos en las entradas que me gustaba mirar. 

Yo le veía en el chat. No hablábamos, pero no saludábamos y parecía un hombre amable.

Comenzamos a dejarnos mensajes en el blog del otro: odalisca, niveles, frases con intención pero sin desvelar demasiado que existía... Me gustaba el juego. Era divertido que alguien permaneciera en las palabras sin abandonarlas.

Un día en el chat me saludó como en nuestras bromas. Sinceramente, yo pensaba que no sabía demasiado bien quién era yo, pero resultaba que sí. Ese chico me llamaba poderosamente la atención y, por un segundo, quise que habláramos. Y así fue. En el general, proseguimos con bromas y demás menesteres, hasta que se abrió una ventana en mi pantalla. ¡¡¡Era él!!! Necesitaba saber algo del funcionamiento de los blogs, pero nada de lo que yo decía parecía valerle, probablemente porque no es lo mismo añadir entradas a un blog que recomenzarlo. No lo sé. La verdad es que tampoco importa. No hubo flirteo. No hubo nada. Sólo preguntas corteses y respuestas amables. Eso aumentó, de alguna manera, mi interés en Él.

Al día siguiente, o chiquicientos días más tarde, volvimos a coincidir y esta vez quería hablar con él un poco más, quería entrar en temas más personales, aunque no fueran definitivos (of course!), así que abrí un privado. Saludos amables, palabras corteses y bla, bla, bla... hasta que mis manos (¡traidoras ellas!) escribieron un "La verdad es que sí tengo intención de ligar contigo", que me dejó sorprendida hasta a mi. Él no reaccionó. Bien. Mal. ¿Qué pasa aquí? :-S

Seguimos hablando y hablando. Comenzamos a hacerlo de manera frecuente y en uno de mis viajes a su ciudad, quedamos. La cosa se complicó ligeramente porque hubo una comida que se alargó y le llamé para ver si era posible postponer la cita. Él me dijo que no podía ponerla más tarde, pero que no me preocupara porque no le importaba dejarlo para más adelante. Él sabe lo mucho que agradecí esa generosidad, porque aquella fue una comida maravillosa y muchas de las cosas que ocurrieron después llegaron, precisamente, de la libertad de aquel día, de la maravillosa sensación de poder disfrutar de la vida.

Dos semanas más tardes quedamos y nos vimos. Fue en una casa que encoge y estira. Fue en una casa mágica, pero eso es otra historia que os contaré en otro momento. La noche fue rara, pero estuvo bien. Lo que fue maravilloso fue el día siguiente... y todos los que llegaron después.

A veces nos sentamos en la mesa de la cocina y pensamos qué hubiera pasado si Él no me hubiera abierto aquel privado o si yo no hubiera sido tan sincera...

... desde siempre.

miércoles, 21 de marzo de 2012

¿Qué hubiera pasado?... Lluvia en los zapatos



Fue en octubre. Me gusta Madrid en esa época del año, porque aún no hace demasiado frío pero tampoco el calor que entra en la piel sin ganas de marchar. Mi hermana me había pedido que le diera un recado a su suegra, que tiene un negocio en Vallecas y ¡anda que no es grande! Anduve durante horas y horas hasta que dí con ella. Lo bueno que tiene ir sin prisas es que te puedes pasar horas a la deriva disfrutando de cada sitio, de cada paso...

Al final, después de haber alcanzado y realizado el objetivo, quise comer. En la cafetería me dijeron que había un restaurante en el que aún se podía fumar mientras se comía y, la verdad, no me lo pensé dos veces.

El sitio estaba cerca y llevo tiempo deseando no tener que levantarme de la mesa para tomar el café fumando un cigarrito.

Lo encontré y me senté en una mesa. Ensalada especial y un filete a la plancha. Rico. En la mesa de al lado dos hombres y dos mujeres comían mientras charlaban alegremente. Parecían compañeros de trabajo de esos a los que el vínculo emocional ha ligado más allá de los contratos laborales. Me gustó verlos. Es bonito sentarse junto a gente que disfruta.

Uno de ellos me llamó especialmente la atención. Cara de buena persona y la mirada de niño pillo, de esas que a una le hacen gracia sólo por estar camufladas tras unas gafas que admiten todo... 

Y... ¡¡¡anda!!! Que me había quedado sin tabaco. ¡Hay que joderse! Me voy hasta un sitio donde puedo fumar con el café y resulta que no llevo tabaco. Ya me vale. ¿Qué hago?... Pues pido. La verdad es que me da algo de vergüenza, pero, chica, es que sino, vas a tener que salir del bar de todas maneras. Pues... a estos de al lado. Parecen majos.

Perdón... es que me he dado cuenta de que no he traido tabaco y no quisiera salir de aquí sin haberme fumado un cigarrín con el café. ¿Podrías darme uno, por favor? 

Él sacó uno de su cajetilla. Extralargo. Me hizo sonreir... ¿sería todo igual?... Muchas gracias, de verdad. Luego salgo a comprar y lo devuelvo. "No hace falta, mujer". Gracias doblemente, entonces.

El cigarrillo me supo a gloria con el café calentito, a mi gusto, corto de café y largo de leche (manchado para los madrileños; gloria para mi). Él no supo lo mucho que agradecí su generosidad. En las pequeñas cosas de la vida residen los grandes placeres, sin duda.

Cuando acabé me acerqué a la camarera y le pedí que me cobrara lo mío y los cafés de la mesa de al lado. Me despedí de la gente que estaba en ella y sonreí. Muchas gracias, de nuevo.

Salí buscando el estanco, pero, chica, parece que los esconden. Después de un queteharás llegué y entré. El chico extralargo estaba allí, comprando. Sonrisa recíproca. "No tenías por qué haber pagado los cafés" Ni tú por qué haberme dado el cigarro.

Hablamos de Vallecas, de la suerte de encontrar un sitio donde fumar; de la bondad o maldad innata... y fuimos a tomar un café...

Hace ya cuatro meses de aquello. Nos unió un vicio y un don. A veces nos sentamos en la mesa de la cocina y pensamos en qué hubiera pasado si no fumáramos, si tú no fueras generoso y yo no fuera tan despistada.

... desde siempre.