Hay dos palabras que definen las relaciones que mantenemos: confianza y libertad. De la primera hablaré más adelante. Con la segunda no quiero caer en el tópico de decir que reside en poder entregar (y hacerlo) la que se tiene (que es, básicamente, la de hacer lo que se quiere, cuando se quiere y como se quiere... si es que eso existe) al Amo. No quiero porque creo que eso no es exactamente lo que me ocurre a mi.
La sumisión, cuando consigo dar con la llave única, o con la cerradura exclusiva (no sé qué es exactamente cada uno) me permite liberar esas partes de mi que siempre están contenidas; deja que salgan mis miedos para transformarlos en algo valioso; acepta los pasos que no puedo dar, los vértigos inmovilizadores, para hacer con ellos algo que merece la pena.
Me cuesta tomar decisiones. Soy un poco como el Dioni, que no sé decir que no, así que es liberador para mi no tener que hacerlo. El Dominante que abre esa puerta me libera de la necesidad de hacerlo, pero, a la vez, me da las armas para poder llegar a decidir, si fuera necesario.
Mi Amo, ese Amo, me agarra del cuello y aprieta; hace que me falte el aire, que todo se vaya diluyendo hasta que los incesantes pensamientos de mi cabeza dejan paso a un azul verdoso con motas en suspensión. Y ahí encuentro una libertad. Ahí acaban las preocupaciones, las dudas, las indecisiones... Ahí está la serenidad, la calma. En ese aire que Él quita y Él regala.
En Él residen la paz y la tormenta.

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