Lo supo siempre. Desde que aquel libro cayó en sus manos tuvo la impresión de que acabarlo de leer supondría que la relación se había terminado. No podía explicarlo porque era una de esas emociones que no pueden traducirse al lenguaje de lo racional.
Asi que, mientras aquello declinaba y comenzaba el stacatto final, ella mantuvo el libro alejado de su vista, para no acabarlo, para no llegar a la última página de aquella historia que tanto significaba para ella.
Mucho tiempo quedó aquel libro semi escondido entre otros, pero siempre visible al alma de quien no se atrevía a darle la estocada final, el atracón, la pena terrible de acabar algo que sabía extinto, pero deseaba mantener.
Y un día ocurrió. No hizo falta acabar el libro. No pudo siquiera cogerlo entre sus manos para olerlo por última vez, para sentirlo, para ser consciente, para despedirse. Sólo ocurrió. Aquello que tanto había protegido, aún a costa de su propia razón, llegó a un camino en el que no había más salida que la marcha.
Y entonces, cuidadosamente, metió aquel libro que nunca acabaría en un sobre.
Y se lo devolvió.

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