martes, 10 de enero de 2012

Shere, la distraída



Me dijo mi amiga vida que una de las cosas que no le gustan de mi es que me voy dejando todo por todas partes. Tiene razón: lo hago. A veces, me empeño firmemente en que no sea así, pero pasa algo, ocurre algo liviano que me lleva a otro pensamiento y llega el desastre del despiste.

Ahora, de verdad, estoy empezando a trabajar en ello, pero a veces se me olvida...

El caso es que me recordó (y recuerda) a un texto de Gianni Rodari, en Cuentos por teléfono y he pensado en ponerlo aquí. Y también pienso que ella me quiere a pesar de todo, a pesar de mis despistes y todas las demás cosas... Gracias, vida.

Un beso.

Juan, el distraído.

- Mamá, voy a dar un paseo.
- Bueno, Juan, pero ve con cuidado cuando cruces la calle.
- Está bien, mamá. Adiós, mamá.
- Eres tan distraído...
- Sí, mamá. Adiós, mamá.

Juanito se marcha muy contento y durante el primer tramo de calle pone mucha atención. De vez en cuando se para y se toca.

- ¿Estoy entero? Sí - y se ríe solo.

Está tan contento de su porpia atención que se pone a brincar como un pajarito, pero luego se queda mirando encantado los escaparates, los coches y las nubes, y, lógicamente, comienzan los infortunios.

Un señor le regaña amablemente:
- ¡Pero qué despistado eres! ¿Lo ves? Ya has pedido una mano.
- ¡Anda, es cierto! ¡Pero qué distraído soy!

Se pone a buscarse la mano, pero en cambio encuentra un bote vacío y piensa: "¿Estará vacío de verdad? Veamos. Y ¿qué había dentro antes de que estuviese vacío? No habrá estado vacío siempre, desde el primer día..."

Juan se olvida de buscar su mano y luego se olvida también del bote, porque ha visto un perrocojo, y he aquí que al intentar alcanzar al perro cojo antes de que doble la esquina, va y pierde un brazo entero. Pero ni siquiera se da cuenta de ello y sigue corriendo.

Una buena mujer lo llama:

- ¡Juan, Juan!, ¡tu brazo!


Pero ¡quiá!, ni la oye.

- ¡Qué le vamos a hacer! - suspira la buena mujer - Se lo llevaré a su mamá.

Y se dirige hacia la casa de la mamá de Juan.

- Señora, aquí le traigo el brazo de su hijito.
- ¡Oh, qué distraído es! Ya no sé qué hacer ni qué decirle.
- Ya se sabe: todos los niños son iguales.

Al cabo de un rato llega otra buena mujer.

- Señora, me he encontrado un pie. ¿No será acaso de su hijo Juan?
- Sí, es esl suyo, lo reconozco por el agujero del zapato. ¡Oh, qué hijo tan distraído tengo! Ya no sé qué hacer ni qué decirle.

- Ya se sabe: todos los niños son iguales.

Al cabo de otro rato llega una viejecita, luego el mozo del panadero, luego un tranviario, e incluso una maestra retirada, y todos traen algún pedacito de Juan: una pierna, una oreja, la nariz.

- ¿Es posible que haya un muchacho más distraído que el mío?
- Ah, señora: todos los niños son iguales.

Finalmente llega Juan, brincando sobre una pierna, ya sin orejas ni brazos, pero alegre como siempre, alegre como un pajarito, y su mamá menea la cabeza, se lo coloca todo en su sitio y le da un beso.

- ¿Me falta algo, mamá? ¿He estado atento, mamá?
- Sí, Juan: has estado muy atento.

2 comentarios:

  1. Tu, chatina, serás muy despistada... con las cosas, pero con las personas estás siempre atenta... y eso es lo importante. No dejes de ser siempre tu, princesa.
    Un abrazo de oso...mimoso.

    Chema

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  2. ¡Qué bonito eso que me dices! Al fin y al cabo, lo que realmente importa, lo único, lo más... siempre es cada persona. Mil y un besos y un abrazo enorme.

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