El problema de los viajes es que una ha de regresar. Y no me refiero sólo al hecho físico. Lo peor de todo es que se tiene que dejar esa vida temporal para regresar a la cotidiana y seguir viviendo, intentando asimilar todas las cosas que ha añadido en la cesta durante esos días.
Normalmente estamos preparados para ello y no cuesta demasiado hacerlo. Pero hay veces que nos queda una tremenda sensación de desasosiego, de falta de paz, de termintas comiendo en la boca del estómago y recorriendo los pies sin descanso.
En mi caso, tiene más que ver con el desamparo que con las sensaciones vividas. Y en esto, ahora, me acuerdo de lo que comentaba el otro día un hombre maravilloso durante una preciosa comida: cuando uno se va, cuando uno se aleja demasiado, el problema es el corazón al que se vuelve. Siempre hay que acompañar a la persona a la que se ha llevado de viaje, precisamente porque la vuelta puede resultar dura, porque no podemos dejar las cosas a medias, porque es importante que quien nos hizo volar sepa hacernos pisar tierra y dejarnos en reposo.
Pero esto no siempre ocurre. Y, en esos casos, es importante saber que no deseamos volver a pasar por ello, por maravilloso que haya sido.
En las relaciones no enmarcadas dentro del BDSM se puede considerar que es marcharse justo antes de echar un polvo y dejar un teléfono falso. En las BDSMeras, sin embargo, no tiene tanto que ver con el sexo en sí como con la sensación de entrega de la parte sumisa. Te das, te abandonas, dejas que algo de ti deje de ser tuyo para ser de otra persona en la que confías, por la que sientes, por la que suceden cosas que ni imaginabas antes... Y luego te encuentras sola, sin rumbo, perdida por todo aquello que no sabes dónde fué...
Hoy yo me siento así: sin rumbo y sin consciencia. Abandonada a la intemperie por quien asió la fusta, por quien yo sabía que no quería asumir la vuelta, pero, sobre todo, me siento traicionada por mi inteligencia.
Mañana será otro día y hoy tengo todas las posibilidades del mundo de mejorar el que vivo.

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